| Meiotom - poesia |
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título |
Llegar a enero vivos todavia |
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I Diciembre:
villancicos, serenatas, cuando bajan los ángeles a tierra para sentirle al
hombre su quejido. Diciembre: lumbre, diapasón y canto. El abrazo temprano
a nuestra madre que empieza, que prosigue, que culmina. Diciembre: el timbre
con que el viento invita a seguirle los pasos a la vida, envueltos en
rastrojos de la muerte. Remanso suspendido en la jornada para tomarle el
pulso al ventisquero, a la tormenta, al rayo, al huracán. Sabor
a trigo, a leche a miel, a rosas, a durazno, que como un corazón recién
nacido al despuntar el día palpita entre los dedos de las hojas por su sola
dulzura sostenido. Himno con que cantamos a la vida en busca de una
humanidad en paz tras un amanecer de cara al hombre, de espaldas a la noche
que nos cruza. Tras un amanecer que al fin alumbre un día con la noche
esclarecida de azul mañana que la fe vislumbra. La
luz en lontananza que nos mira. Infinito fulgor acurrucado en nuestros pies,
en nuestras vagas sombras. Los árboles, la noche, entre los nidos. Un
duendecillo en medio de la fronda. Los hombres tras la tierra prometida.
Soplo de brisas, canto, resplandor. Fabuloso recuerdo alborozado. El hombre,
tierno niño, desenfunda la alegría escondida entre la infancia. Pasos del
viento, chispas de luciérnagas. Paso del Tiempo, paso de la gloria con que
engañamos a las propias penas. La
dulce sombra del común destino mientras murmura alrededor la noche,
arrodillada en los fogones yertos. Oscuridad de noche confundida en medio de
la lumbre peregrina, encima del estruendo del misterio. Fragancia matutina,
gloria breve. La clara majestad de los caminos. El tiempo fatigado de
infinitos, el que a la muerte sin cesar nos lleva. Una luz, un candil
intermitente, soledad de un ligero arrobamiento, sólo de asombros infinitos
llena, la vida es una gloria suspendida. Hallazgo
de la vida, dentro, fuera. Paso de lluvia en torrencial suspiro mientras la
madre su bocado implora. Un niño que en harapos llanto apaña. Una manera
de sabernos vivos mientras cruzamos noche, tempestad, neblina, vendaval y
cangilón, pena, chaparrón, vida o sobrevida. Atinar con el próximo jalón.
Inventar nuevas rutas, nuevas eras, el viraje que a diario nos aguarda. Dar
con la vena justa de la gracia o con el alma de la patria en ascuas.
Hurgarse, hundirse, ser sentirse, serse. Llegar a enero vivos todavía. II Desde
el coraje del silencio. Desde algún diciembre sin enero. A pocas horas de
romper el año. Al lado de la vida de por vida. Bajo el granado trigal de la
noche insomne, rumorosa de viento alto y de luceros. Bajo el caudal
enloquecido, la lumbre agazapada, el cósmico pavor de la centella, la
sombra mensajera de misterios. Cabe la lumbre de un amanecer repleto de luciérnagas.
Entre lunas amarillas, nada azul marinas. Con mares hambrientos, crispados
de venganza. Al compás de un mismo sueño. Dispuestos a alcanzar el
horizonte. Desde estas alboradas soñolientas. Desde el relente de estos
portachuelos. Ante la huerta, jalonando soles, madrugadas, ventisqueros.
Cruzando ríos en noches espantosas. Rasgando la neblina. Cruzando mares.
Invocando orillas inasibles. Capeando turbias confusiones. Remando entre tifón
enfurecido. Después del llanto, el miedo, el desespero. El hombre al
desamparo de los dioses. A cielo descubierto, galopando tristuras, soledades
y esperanzas. Vivo, vivo todavía. De
mano del lucero. Junto al grano, la simiente. A la derecha de la sombra. Del
lado acá del cielo. Sobre las entrañas de la noche. De cara hacia el
misterio para siempre. La noche sepulcral donde morimos cuando a nacer
apenas empezamos. Huyéndole al buitre de las aguas. Huyéndole a las garras
del barranco. Huyéndole a la furia, a la jauría. Huyendo de la tarde y de
la nada. De la angustia crispada de la muerte. Sacando cuentas, esperando
olvidos. Sintiendo las tinieblas y el relámpago. El ansia desgarrada de la
luz. El canto, el rezo, el grito, el alarido. El coro, la canción, el
griterío. El aullido terrible de los hombres. En el lugar del hambre
todavía. En el lugar del grito todavía. Vivos, en este mundo todavía. En
las sombras todavía. A
la espera del juicio, la sentencia. Frente a triunfos y derrotas.
Venimos de la muerte hacia la vida. Nos espera la sombra de la estrella. Lo
saben las espumas de la mar, las montañas diluviales. Somos sólo un sueño
de la insomne lumbre que nos crea. Asombro con ojos de venado que se lleva
el tiempo. Sombra, sueño, soplo, polvo, polvillo, noche, alba. Gemido,
fuga, ruina, el paso de los hombres que se esfuma. Vaso de muerte, vuelo,
humo, el aliento que nos cruza. Orfandad, hilo, alianza, sol y sombra,
exactamente enigma. El olvidado asombro de estar vivos. En pasto, en noche,
en cielo, en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada. Vamos de la
sombra a la pena. De la pena al sollozo. Del sollozo al sueño. De la Nada a
la Vida. De la Vida a la Muerte. De la Muerte al Misterio.
En
este barro todavía. No
queda sino amarnos los vivos a los vivos, apretar
el alma, que siempre no estaremos como estamos. Vernos con los demás,
al borde de una mañana eterna, desayunados todos. Saber que existe una
puerta y otra puerta y el canto cordial de las distancias. Subir. Nunca
bajar. Recogerse a reír en lo íntimo de este celo de gallos ajisecos
soberbiamente, soberbiamente ennavajados. Beberse una copa de agua desde la
pulpería de una esquina cualquiera. Cruzar en diagonal por encima del
tiempo. Agarrar la hora al vuelo. Medirle el tiempo a los recuerdos. Creer
en el hoy, el aún, el todavía. La lucha es a muerte por la vida. Estar en
guerra contra el dolor y el olvido. En enero todavía. Pablo Mora
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