Meiotom - Contos


 

 

Ricardo Daniel Piña

Apocalipsis Paulista. (Parte Primera)

 

               

                               Rojos y Verdes. Marrones y negros. Rosados y amarillos.

Los reflejos del cosmos me empujan a vivir de sorpresa en sorpresa.

                               El agua de las lágrimas, cuando nos fuimos giró como un limpiaparabrisas

de un lado a otro. Y no pasó nada. Uno cree que se muere o algo parecido a morirse. Pero deshicimos el nudo en la garganta. Algunas veces tosíamos, otras veces escupíamos el piso y maldecíamos. Todo tenía el valor de la recuperación para poder seguir. Había que volver a la rutina inundada de sinsentido. 

Un ronquido de pulmones parecido a una súplica se resistía a marchar.

Un balbuceo de la conciencia nos dictaba, nos soplaba el oído, a la nuca. 

Hay muchas cosas que nunca nos dijimos y no nos diremos nunca.

Mi cuerpo tuvo intenciones que reprimí.

Se venía el verano e imaginé a todas esas mujeres impresionantes salidas de una comparsa de Río, tomando sol y fracturando cuanta pupila se atreva a posarse en esa piel oscura abismal, reflejada en sudor, aterciopelada.

El mundo se nos ofrecía fresco y luminoso como una moneda gigante de níquel

de 25 centavos.                 

¿Pero, seguiré teniendo ganas de probar el gusto de tu ternura y salvajismo?

El salvajismo que pelea con uñas y dientes y luego se deja, caer, vencido?

No cuándo, la poesía, vendrá a socorrerme.

La poesía, va a quitarme del medio de esto que se ha vuelto isoportable.

Esto, que no tiene forma.

Ni siquiera forma de conflicto.

Es algo sin entidad. Sin sustancia.

Inocentemente, florecerán los colores de ésto ridículo. Tengo que dejar la nostalgia. Siempre me verás como alguien que se emborracha con marihuana. Qué pobre imagen quedará de mí...

¿No sabías que la cercanía de la yerba y la poesía se convierten

en una de las combinaciones que ha provocado más infelicidad en la historia de la humanidad?

 

Y me quedaba repetir la fórmula de todos los días.

Despertarme y llamarte por teléfono. Bañarme. Vestirme.

Encontrarnos en el desayuno.

Café y leche. Dos facturas. Tres.

Jugo de naranja. Cereal con cuajada con cereal.

Un destello de luz tropical en el piso sexto.

Estoy solo y me acerco a la ventana...

San Pablo queda allá abajo desde un piso seis, desde lo alto de un morro.  El sol fosforece en el fondo. Casas, edificios hasta donde da la vista. Suben y bajan por una geografía que comulga con la resistencia a abandonar ese paisaje. ¿Lamentaré el resto de mi vida no haber absorvido más esos momentos?

Más café. Más leche.

Panqueques con dulce de morango. Y membrillo.

Pancitos tostados con salsa de pizza, jamón y queso.

Leche fría.

Rodajas bién finitas de melón. Seis. Ocho. Diez.. Muchas.

Entreabrir el ventanal del costado, lindante a mi mesa. Ocho de la mañana.

Entra el fresco y el perfume del pasto y los arbustos que está cortando el jardinero del hotel. Todo esto es demasiado para vivir una vez sola.

Odio a alguien por esto, pero no a quién... (Cansillería? Consulado argentino? Bienal de San Pablo?)

Voy a recordar cada paso en San Pablo el resto de mi vida.

La parte II del Apocalipsis Paulista.

(Había sido una tormenta tropical?

O fueron cosas del caballo de la cerveza?)

 

 

La tarde anterior a la partida habíamos comido unos sánwiches de pollo.

Y cervezas. En los kioscos al aire libre, atrás del parque Ibirapuera.

Estábamos muy tristes. Era terrible...

La comida se nos atoraba en el pecho.

La cerveza empujaba.

La comida se atoraba.

La cerveza empujaba.

Masticábamos más, pero se atoraba igual.

La lluvia se venía.

La cerveza empujaba.

Hacía mucho calor.

El pollo se atoraba.

Siete u ocho de la tarde.

Masticábamos mucho.

Todavía había luz.

La cerveza empujaba.

Teníamos paquetes para traernos de regreso a Buenos Aires.

Yo tenía las pinturas de Ramona. (Témperas.)

Tratamos de apurarnos y fuimos terminando las cervezas por el camino.

 

Salimos del parque y al cruzar el puente empezó a gotear. Y encillé despacio mi caballo  luminoso y amarillo de la cerveza.

Bajamos el puente y goteó más fuerte.

Enfilamos al hotel y ya se largó a llover.

Y empecé a trotar en el caballo de oro de la cerveza. Empezamos a correr y a cruzar calles con esa sensación que tiene uno en la lluvia. De creer que, si uno se apura, le gana a la velocidad de la caída de la gota desde la nube.

Y detenidos justo frente al hotel.

Se trataba de vida o muerte cruzar esa autopista.

Se largó una lluvia torrencial, tropical, helada.

El equino del lúpulo, la cebada y la levadura...se me paraba en dos patas, prefería morir arrollado por las bestias de metal que bajaban de la autovía a 120 o 140 kilómetros por hora. Frente a las puertas del hotel, a tan sólo 5 metros.

Gritabas como una loca. Seguía lloviendo a baldes, bañaderas. Cisternas.

Los autos pasaban a más de 100 kilómetros por hora delante nuestro, a unos treinta centímetros. Podíamos ver las caras de los que manejaban. Y hasta escuchar sus estéreos. Yo te tenía agarrada de la remera.

Un único paso en falso y te iban a juntar como paté untado a la madera del cajón. Seguías gritando cada vez que los autos echaban el agua de la lluvia en spray

sobre nosotros,

que intentábamos refugiarnos tras un caño de un poste de luz.

Los dos parapetados contra un caño y agarrados de las remeras y cargados de paquetes. Y empapados.

Pero pudimos cruzar la autopista y llegamos al hotel.

Entramos chorreando agua.

La recepcionista y los empleados de Novotel se miraban,

nos miraban

y se sonreían.

 

 

Mi reconocimiento a cerveza,

el único equino

con la hidalguía

de un centauro...

 

 

 

 

 

Debo mi vida toda

a Cerveza.

Mi bestia preferida.

La que me ayudó a llegar feliz a todo y a salvo siempre.

Este fue el verdadero valor de su abnegación y su renuncia.

Hermoso fue mientras vivió entre mis manos,

delante de mí.  En mi vaso blanco y frío.

Ese fue mi caballo overo

dorado

y brasileño

de la cerveza.

No quiero dejar de reconocer, y alabar 

la valentía de su engranaje de músculos y sangre dorada de reyes cariocas.

Crines de oro y bronce de mi amigo Cerveza en la serenidad

y el aplomo al cruzar las calles por la senda peatonal.

Una de las virtudes que siempre lo señaló como un gran guía del alma y el espíritu.

Se empapó, era de prever.

Pero mi caballo, siempre se mostró el mejor pingo overo,

amarillito y cariñoso.

Querendón. Abnegado.

Muñequito enorme de peluche suave y espumoso amarillo,

rústico y fiel

de la cerveza.

Extraño tu amargura.

Tus momentos de introspección.

De alejamiento. De reflexión.

Las calles han cesado de deslizar tu inquietud de animal parecido a dios.

Brasil de pronto se manifiesta en tus músculos amarillos.

Por tu espuma bestial, blanca y rabiosa.

Son espejos en los ojos de bronce de las mulatas aterciopeladas y exhuberantes.

Amigo Cerveza.

Mi fidelidad extraña el gusto del frío, y la seguridad de mi propio corazón.

La certeza de la satisfacción y el lujo,

era compartir tu universo dorado de sol y mujeres hermosas,

animal y frío...

 

Cerveza.

Mío amigo.

 

 

 

 

Ricardo Daniel Piña

Del martes 4 al sábado 9 de diciembre de 2006

Es para el Santo Paulo de la cerveza.

Y para Mariana (compañera paulista) en Buenosayres Miserable.

rdpina@yahoo.com